En
la Antigüedad se consumía en
grandes cantidades debido a sus múltiples
aplicaciones: Se utilizaba en la alimentación,
en la medicina, en la cosmética,
como combustible para lámparas, como
lubricante para enseres.
En Roma el consumo del aceite de oliva era
tan elavado, que sus cultivos no cubrían
la demanda, por lo que tenía que
importarlo desde las provincias del Norte
de Africa y de la Península Ibérica.
Prueba de ello es el monte Testaccio cerca
de Ostia, una colina formada principalmente
por fragmentos de ánforas de aceite.
A diferencia de otros aceites vegetales,
que se obtienen mediante un proceso de refinado,
el aceite de oliva virgen se obtiene al
prensar en frío el fruto, por lo
que constituye un producto completamente
natural.
Para asegurar la calidad del aceite se
han de tener en cuenta ciertos requisitos:
Recolectar la oliva en su estado justo de
maduración.
Efectuar la recolección a mano o
utilizando un rastrillo flexible a modo
de peine para no dañar el fruto.
Prensar la oliva el mismo día de
su recolección para evitar que sus
cualidades se alteren.
Si no cumple los requisitos de máxima
calidad, el aceite de oliva debe ser refinado.
El aceite de oliva virgen extra es el que
se obtiene del primer prensado en frío.
Es un producto natural y una fuente de salud
para el organismo al conservar todas sus
propiedades intactas.
Su alto contenido en ácidos grasos
insaturados lo convierte en aliado fundamental
de las dietas bajas en colesterol.
En la cocina, el aceite de oliva virgen
es ideal para multitud de platos fríos
o calientes. Además de ser saludable,
realza el sabor de ensaladas, revueltos,
sopas, sofritos, guisos, salsas y fritos.
Una simple rodaja de pan rociada con aceite
de oliva virgen y azúcar o el famoso
“pa amb tomaquet” suponen una
delicia para el paladar del gourmet.
Es la grasa ideal para freir por tener la
propiedad de aumentar con el calor y la
de soportar temperaturas muy elevadas (180°C),
lo que permite una fritura crujiente y además
que el aceite se pueda utilizar varias veces. |